lunes, 25 de abril de 2011

Por qué creemos lo que creemos.




Era el siglo II D.C. Las calles de Roma estaban abarrotadas de gente. En el camino que llevaba al Coliseo el ruido era ensordecedor. Se oían gritos a todo pulmón profiriendo los insultos más agresivos que podrían decirse. Había gente que lloraba desconsolada. Con la cara marcada por el dolor muchos rezaban serenamente.
En medio de todo este caos, iba Telésforo, Obispo de Roma, el Papa de la naciente Iglesia. Había sido condenado a muerte por un delito que empezaba a hacerse cada vez más común: ser Cristiano. El Papa iba rezando y daba la bendición a todos los cristianos que lograba reconocer entre la multitud. 
Entre los presentes, había quienes no entendían porqué estaba tan tranquilo alguien que iba camino a la crucifixión. Junto con otros, se preguntaban cómo era posible que habiendo tantas condenas a muerte en las últimas semanas, el Cristianismo se seguía expandiendo. Para ellos era una profunda contradicción la realidad evidente de que mientras más cristianos morían, más gente se convertía a esa “secta”. El régimen del terror iniciado en su contra no estaba funcionando.
Estas líneas me las inventé luego de quedar hondamente marcado por dos novelas que acabo de terminar de leer. La primera se llama Marcus. La segunda, Grain of Wheat. El autor es Michael Giesler. Los libros cuentan la gran aventura humana y espiritual que supuso vivir y difundir la doctrina de Cristo durante los primeros siglos. 
Sin entrar en dramatismos, mi conclusión constante era: ¡Qué inmensa distancia hay entre nosotros y la fortaleza, la fe, la caridad de los primeros cristianos!
A lo largo del libro, no podía dejar de hacerme preguntas.  ¿Qué vieron en la fe aquellos primeros cristianos para perderle el miedo a las formas más crueles de muerte?,  ¿Qué había en esa “nueva espiritualidad” que logró mover a tantos hombres y mujeres a cambiar radicalmente su visión del mundo?, ¿Qué descubrieron en el mensaje del Carpintero de Nazaret tantas personas que decidieron dejarlo todo para seguirle?, ¿No es esa fe, esa nueva espiritualidad la misma que creemos hoy en día los cristianos?, ¿Ese Carpintero de Nazaret, no es el mismo a quién hoy día la Iglesia nos propone imitar? En definitiva, ¿por qué nosotros, cristianos del siglo XXI, no vivimos la fe con la intensidad con que lo hicieron en los primeros siglos?
Después de mucho pensarlo, ofrezco una posible respuesta. Hemos llegado a creer que nuestra fe son un conjunto de normas que hay que cumplir. Si las cumples te vas al cielo, sino al infierno. Y ya. Se acabó. En eso consiste nuestra fe. Ahora, pienso que la fortaleza y ejemplaridad de los primeros cristianos se apoyaba en que veían en la fe algo mucho más potente que un conjunto de normas. Hay algo que ellos veían que nosotros no estamos viendo. Ofrezco otra posible respuesta, ellos encontraron que la fe era sobre todo amar incondicionalmente a una persona. Concretamente amar la persona de Cristo, que ya había muerto en la cruz por cada uno de ellos.  En su esfuerzo por amar a esa persona es donde encontraron la vitalidad, el dinamismo y la fuerza del Cristianismo. Urge que nos reencontremos con esta perspectiva de nuestra fe. La visión del Cristianismo como un conjunto de reglas es aburridísima. Pero el Cristianismo, por definición, no puede ser aburrido. La fe católica es en última instancia amar, y amar siempre es emocionante. Pienso que ese fue el gran descubrimiento de los primeros y por eso, fueron capaces de hacer lo que hicieron.

domingo, 13 de marzo de 2011

La rebeldía necesaria

Se iban acercando las cuatro de la tarde. Los asistentes iban llegando poco a poco y  se les iba asignado su sitio en la sala de estar. La sala tiene dos sofás y tres sillones individuales, normalmente atiende a once personas. En esta oportunidad estaba haciendo el esfuerzo de recibir a treinta. Y lo logró. El aire acondicionado también puso de su parte, estuvo fajándose durante hora y media para que nadie tuviera que pensar en el calor.
Pasados pocos minutos después de la hora acordada, hizo entrada la persona esperada. Se sentó en uno de los sofás. Escogió el extremo izquierdo del mueble y desde ahí nos habló. “He estado pensando en qué debo decirles, no es fácil…” fueron sus primeras palabras.  Luego continuó, “alguna vez oí a un amigo hablar de un gran personaje del siglo XX. El decía que podía definirse a ese personaje en dos palabras. Bastaba decir que era un rebelde. Como yo considero que ese personaje es digno de imitar, decidí que vendría a proponerles que sean como él, unos rebeldes.” Solo Dios sabe lo que esa afirmación supuso para los presentes. Para nadie fueron indiferentes, para algunos supuso cosas muy serias. A pesar de que en la sala no cabía nadie más, no había sensación de gentío. El tono familiar y sencillo del invitado hacía que todos sintieran que estaban en confianza. Al mismo tiempo, quienes oían sabían que se estaban diciendo cosas importantes y que no podían desaprovecharlas.
“Un rebelde…” continuó nuestro interlocutor… “es quien no se conforma con la mediocridad, quién aspira a mejorar el mundo que lo rodea, quién no se deja llevar por la presión del grupo”. Ser rebelde es no ir siempre con el flow, así lo resumió uno de los que estuvo ahí y me parece que captó exactamente lo que se quería transmitir. Lo cierto es que después de estas palabras, la expectación por las que vendrían después creció.  Cualquiera que abriera un poquito la puerta y, sin distraer a los oyentes, se fijara en sus rostros, percibiría interés y emoción.
Nuestro invitado hizo una pausa, cruzó las piernas, y continuó. “Para ser rebeldes, debéis en primer lugar ser personas con grandes ideales. Debéis aspirar a lo grande, a lo valioso, a lo exigente.” Algunos de los oyentes se echaban hacia delante. Se fijaban en el hablador como si la intensidad de sus miradas pudiera grabar en su memoria lo que iban escuchando. Lo próximo que oyeron fue esto: “quien no tiene grandes ideales, pasará a la historia como aquellos que por comodidad o egoísmo dejaron esta tierra sin enriquecerla.”  En este momento, alguien concluyó: para eso no he venido yo a la tierra.
El visitante prosiguió, “además de tener grandes ideales, los rebeldes deben ser personas generosas. Deben estar dispuestos a dar sin recibir, a sacrificarse sin beneficios a corto plazo, a invertir tiempo y esfuerzo que no serán recompensados con dinero.”  Con esta afirmación algunos pensaron que el invitado se había equivocado. Sin embargo, siguieron escuchando, “los rebeldes están dispuestos a todo, no porque están locos, sino porque la grandeza de su ideal lo justifica.” Y aquellos que pensaron que el invitado se había equivocado, rectificaron y ahora pensaban: tiene razón.
Pero la historia no se acaba aquí. Faltaban todavía cosas por oír y nadie tenía inconveniente con que eso fuera así.  Antes de continuar,  quien hablaba recorrió la sala con la mirada. Luego dijo: “pero no basta, no basta con tener grandes ideales y ser generosos.” Todos pensaron que el reto de ser rebeldes se iba complicando pero el interés lejos de disminuir, aumentaba. Nadie hablaba, solo se oía la voz de quién llevaba la conversación y el ruido del aire acondicionado. Nadie intercambiaba miradas, todos los ojos fijos en el invitado de la tarde. “No basta, -continuó-  porque el rebelde es también alguien capaz de darse. ¡Que quede claro!, no solo capaz de dar, sino de darse. Los grandes ideales de un rebelde no son solo proyectos de superación personal, sino sobre todo, un proyecto en el que su superación personal está estrechamente unida a su esfuerzo por la superación de sus semejantes.”
Quien hablaba también era víctima de la emoción del momento que se vivía. Al ver tantos ojos jóvenes fijos en sus gestos y atentos a sus palabras no podía contenerse. Mientras decía ¡que quede claro!, se golpeaba el muslo con el puño, parecía que quisiera con esos golpes sellar en el alma de sus oyentes el mensaje que estaba transmitiendo. Y lo logró, igual que la sala de estar había logrado recibir a mucha más gente de lo normal.
Llegó el momento de culminar. La voz sencilla y amigable volvió a sonar, “por último, quien desea ser rebelde en esta vida, debe ser un hombre que sabe perdonar.” ¿Y esto que tiene que ver con la rebeldía? se preguntaron algunos. La respuesta no tardó en llegar. “El rebelde, por definición, será incómodo para muchos. Para los pusilánimes, para los egoístas, para los cómodos, el rebelde encarna el reproche de su propia conciencia que los llama a salir del conformismo. Por eso, algunas veces tratarán de deshacerse del rebelde, y es posible que no sea de buena manera. Pero si el rebelde sabe perdonar, eso le traerá sin cuidado y continuará en su rebeldía, ayudando a todos. Especialmente a quienes lo rechazan. ¿Queda claro?” Silencio en la sala. Quién estuvo hablando sonrió, sabía que había puesto un reto a quienes lo escucharon. Quienes estuvieron escuchando también sonrieron, sentían el peso que habían puesto en sus hombros pero estaban alegres porque estaban dispuestos a cargarlo. El invitado no quería irse sin una última advertencia, así concluyó: “una cosita más, los rebeldes no se conforman con andar solos. Buscan a otros. Todo rebelde auténtico busca hacer de los demás, otros rebeldes. Rebeldes como hemos hablado. Rebeldes magnánimos, generosos, dados a los demás y que sepan perdonar.”
El invitado se puso de pie. La misma sala que una hora antes estaba llena de expectativa, ahora está llena de ambición. Ambición buena, ambición de transformar el mundo. Unas últimas palabras de despedida fueron correspondidas con cariño y agradecimiento. Nuestro invitado caminó hacia la puerta y salió.  Los demás quedaban adentro, ¿y ahora qué? pensaban. La respuesta resonaba con fuerza en cada uno: ahora, nos toca ser rebeldes. Rebeldes auténticos.

miércoles, 23 de febrero de 2011

El reto de usar Internet.


 


Qué duda cabe de que el Internet es una auténtica revolución en el mundo. Es una herramienta que tiene una versatilidad como pocas cosas en la tierra. Lo usamos niños, jóvenes y adultos. Sirve para entretenernos, para comunicarnos y para trabajar. Cada vez la navegación es más rápida. Cada día hay más información disponible. Por ejemplo, he descubierto la maravilla de escribir “How to …” o “Cómo hago…” en Google o Youtube y en pocos segundos encuentro una explicación perfectamente detallada de lo que necesito hacer. También descubrí I Tunes U, una aplicación de I tunes que tiene montones de cursos de universidades muy prestigiosas (Georgetown, New York University, Duke) para bajar gratis. Por último, y probablemente lo más importante, cuando algún juego de la Liga Española de Fútbol o de la Champions League no lo están transmitiendo por TV, internet me salva la tarde. En síntesis, internet es una maravilla. 

Pero, lamentablemente siempre hay un “pero”, sabemos que Internet también ha traído algunos problemas: robo de identidad, fraudes bancarios, robo de información privilegiada o confidencial, etc. Hay que reconocer que todos estos problemas existían antes de Internet pero es innegable que la web los ha facilitado.
Ahora, a mi juicio, los problemas más serios que ha significado Internet son: por un lado, la inmensa cantidad de tiempo que se puede tirar a la basura y, por otro, la facilidad con la que se accede a contenidos inmorales. Pienso que son los más graves por numerosas razones. En primer lugar, suceden todos los días. Luego, afectan a un universo inmensamente mayor que cualquier otro problema que haya traído internet. Por último las consecuencias prácticas son gravísimas. La pérdida de tiempo supone un potencial humano que puede y debe ponerse en servicio de la sociedad y que se está desperdiciando. Y, respecto a las páginas inmorales, no nos logramos hacer una idea del inmenso daño que están causando en nuestras sociedades.  Se han convertido en un modo muy eficaz de destruir la noción de bien en las voluntades humanas. 

Preocupado por esta situación, un amigo vino a plantearme en noviembre un proyecto que ayudará a los padres de familia a tener un mejor y mayor control sobre los contenidos y las páginas que sus hijos ven a través de Internet. El proyecto también está orientado a ayudar a los adultos que quieren evitar el continuo bombardeo de inmoralidad que recibimos al trabajar en la web.

En una tarde, trabajando juntos, me dijo que teníamos que lograr que la gente pudiera navegar en internet sin estar constantemente expuestos al riesgo de naufragar en internet. La comparación me pareció simpática.  Es real que ingresar a la World Wide Web puede terminar mal y sin embargo, lo hacemos todos los días.  Por eso, todos aquellos que de uno u otro modo somos responsables de proporcionar acceso a Internet (papás, mamás, patronos, universidades, colegios, etc.) debemos ser proactivos y atacar del modo más eficaz posible los problemas que Internet nos presenta, especialmente la pérdida de tiempo y el acceso a contenidos inmorales. La gente tiene que poder navegar sin naufragar en la web. De lo contrario Internet se convierte en un instrumento absurdo, nace para el progreso de la sociedad pero se usa para el derroche del recurso más importante para lograr ese progreso (el tiempo) y para la destrucción de la base de toda convivencia cívica (la moral). En el fondo, cada usuario hará en Internet lo que le dé la gana; pero, debemos y podemos ayudar a que Internet se utilice como lo que es: una herramienta eficacísima para la comunicación humana, para la difusión de conocimiento, para el entretenimiento.

domingo, 26 de diciembre de 2010

El Niño Jesús





En Venezuela, quién trae los regalos el 25 de Diciembre no es Santa Claus, ni Papá Noel, ni San Nicolás. Es el Niño Jesús. 
Recuerdo que un día, en el Liceo Los Arcos, donde estudié la educación básica, surgió entre los compañeros del salón la discusión de si existía o no el Niño Jesús. ¡Qué debate tan intenso! Debo confesar que yo estaba en el grupo que defendía con todas sus fuerzas  la existencia del Niño Jesús. Recuerdo, que a mi corta edad, me parecía una enorme falta de fe no creer en Él. Todo era obvio: nacía un Niño. Ese Niño es Dios. Dios todo lo puede.  Entonces, ¿Por qué no iba a ser  Él quién me traía los regalos?
Después de acabar la discusión en el salón de clases, mi convicción no había sido afectada en lo más mínimo. Sin embargo, había decidido que al llegar a casa hablaría con mis papás. Ellos confirmarían mis argumentos y yo, podría ir al día siguiente a la escuela y recordarles a mis amigos incrédulos lo equivocados que estaban.
Recuerdo con nitidez cuando llegué al Apartamento 11-A del Edificio Caroní en la Urbanización Santa Fe. Esa dirección no se me olvidará nunca, fue la primera vez que me aprendí la dirección de mi casa.
Entré en el apartamento e inmediatamente interpelé a mi mamá. ¡Mami tenemos que hablar!, mi mamá me invitó a que nos sentáramos en la sala de estar que estaba entrando a la derecha. Nos sentamos juntos. Usamos el sofá que estaba debajo de un cuadro con tres pescadores que ha estado en mi casa desde que yo tengo memoria. Un minuto después, mi papá se incorporó a la conversación.
Recuerdo que el escenario me resultaba perfecto.  Mis dos interlocutores eran las personas con autoridad indiscutible en cualquier tema.  Mi papá y mi mamá no se podían equivocar y yo pensaba que en cuestión de minutos me dirían: Juani, no te preocupes, esos niños de Los Arcos son unos mentirosos. El Niño Jesús claro que existe.
Y entonces, sin anestesia, lancé mi pregunta: ¿Verdad que el Niño Jesús si existe? Hubo un silencio. No tengo la más mínima idea de qué sintieron mis padres en ese momento. No sé si se asustaron. Si no supieron que contestar. Si se pusieron nerviosos. Simplemente no sé. Yo no percibí nada en ese momento.
Pero al fin llegó la respuesta. Una respuesta fue extraordinaria. ¡Yo tenía razón! ¡El Niño Jesús existe! Claro, ellos me explicaron que no es un niñito que se mete por debajo de la puerta, ni por la ventana, mucho menos por la chimenea. Tampoco es ese niñito quien  físicamente hace/compra, envuelve y trae lo regalos. Me dijeron que ellos son los que compran, envuelven y ponen los regalos en el Nacimiento (en mi casa  siempre se han puesto los regalos en el nacimiento, no en el arbolito). Pero me aclararon que el Niño Jesús ayuda  a mi papá en el trabajo para que pueda ganarse el dinero para comprar los regalos, es Él quién hace que mi mamá encuentre lo que nosotros pedíamos en la carta, es Él quién nos cuida a lo largo del año para que todos podamos llegar a navidad sanos y salvos, etc. La conclusión para mí era clara, sin el Niño Jesús en mi casa no habría nunca regalos en Navidad.
Ok, lo admito, descubrir que Él personalmente no trae los regalos fue un shock. Pero, en el fondo, eso a mí que me importa. Es más, si mis papás ayudan a al Niño Jesús, ¡mejor! Que divertido pensar que mi papá y mi mamá tienen que trabajar junto con el Niño para traerme los regalos.
Hoy, sigo creyendo que el Niño Jesús existe. Este año, le pedí una mochila con ruedas para poder llevar caminando los libros a la universidad, también le pedí el concierto 360 de U2  en Los Ángeles y lo más importante, una bolsa de Marshmallows. Todo me lo trajo. Se lo agradezco un montón. Pero también le agradezco y pienso que todos debemos hacerlo, tantos detalles de cariño y atención que nos hace el Niño Jesús a lo largo del año a nosotros y a nuestras familias.
Gracias a todos los que con su lectura, con sus textos o con sus comentarios han ayudado a enriquecer este blog.
Disfruto pensando que en este rincón de internet, puedo venir y recordar que hay gente buena en el mundo. Que la tierra en verdad es un sitio lleno de alegría. Que los dramas y tragedias que vemos en los medios de comunicación, son solo una porción de la realidad. La otra porción,  es un universo inmenso de historias sencillas, que no logran estar en los grandes titulares, pero que contienen  la verdadera riqueza del hombre, su capacidad de amar y de servir a sus iguales.
¡Feliz Navidad! ¡Feliz año!


lunes, 6 de diciembre de 2010

No tengo tiempo


No tengo tiempo es probablemente una de las frases que más se pronuncian en nuestra sociedad. Es comprensible, el tiempo es el recurso más importante para lograr nuestras metas y continuamente tenemos la sensación de que es un recurso escaso.  

He oído decir no tengo tiempo a un abogado en ejercicio, casado, con hijos, miembro de la junta de vecinos de la urbanización, profesor de doctrina católica, estudioso del latín y de la filosofía. También he oído decir no tengo tiempo a un estudiante universitario, soltero, sin hijos, sin trabajo profesional ni personas que mantener, sin ninguna actividad extracurricular y en no pocas ocasiones con malas notas. Tanto para el abogado como para el estudiante universitario cada hora del día son 60 minutos y cada minuto son 60 segundos. Es decir, desde el punto de vista matemático ambos  cuentan con el mismo tiempo para cumplir con sus responsabilidades.  Uno tiene una carga de responsabilidad evidentemente más exigente pero de todas maneras tanto el primero como el segundo tienen la misma queja: no tengo tiempo.  Claramente hay algo que no cuadra, ¿dónde está el problema?

Se pueden decir muchas cosas para contestar esta pregunta. Me limitaré a una. Surgió en una de esas agradables conversaciones durante la cena. El tiempo es relativo, es simplemente la envoltura de las cosas que hacemos dijo uno de los comensales. Los que lo oímos nos reímos. El autor ya tiene prestigio por sus frases audaces que rompen  esquemas y paradigmas con años de estabilidad. A veces gozan del apoyo popular pero otras veces son rechazadas y el rechazo viene acompañado con denuncias de manipulación y reduccionismo. Sin embargo, el tiempo es la envoltura de las cosas que hacemos fue una frase exitosa.
No es lo mismo decir “tengo una hora para hacer esto”, a  decir “en una hora voy a hacer esto”. En la primera frase, el tiempo condiciona nuestra capacidad de acción. En la  segunda, logramos dominar el tiempo para hacerlo rendir tanto como necesitamos que rinda. Es verdad que 60 minutos son 60 minutos y luego del minuto 59 con 59 segundos, la hora se acabó. Pero, en ese espacio el estudiante universitario ha hablado por teléfono con 2 amigos y 2 amigas y ha leído un poco para la universidad mientras revisa facebook. El abogado en cambio, ha despachado 2 clientes, hizo la cita con el médico para su hija, pagó por internet el colegio de sus hijos, le mandó unas flores a la esposa, preparó su clase de doctrina católica y … revisó facebook, que hoy en día es casi más importante que todo lo demás.  Así se entiende que el tiempo es la envoltura que de las cosas que hacemos, depende de nosotros cuantas cosas queramos meter dentro de los mismos 59 minutos con 59 segundos. 

Muchísimas veces se argumenta que no se puede trabajar más en servicio del bien porque no tengo tiempo. La realidad demuestra que no es tan así, todavía podemos meter mucha más actividad en la envoltura. Siempre pueden hacerse rendir mucho más los 60 segundos que componen cada minuto de nuestra vida.

sábado, 27 de noviembre de 2010

Las Catacumbas



Escrito por: Belisa Guzmán

Una de las muchas cosas buenas de pasar un tiempo en el desierto es que la inmensidad y la nada te abren los sentidos y te dan claridad de mente para pensar mucho. Hay una idea que viene rondándome la cabeza desde hace ya algunos meses pero no ha sido hasta hoy en que he decidido ponerlas en palabras.

Rafa (mi esposo) y yo vivimos en Ruwais, un pueblito (déjame ser honesta) ni siquiera es un pueblito, es un gran campamento construido porque una refinería de petróleo muy grande queda aquí y la mayoría de la gente que aquí reside es porque allí trabajan. La ciudad más cercana nos queda a dos horas y media de camino, Abu Dhabi. Desde que llegamos hemos tenido la dicha de poder ir a misa todas las semanas, a pesar de que se trabaja sábados y domingos.

La experiencia es de lo más especial. Debido a que este “campamento pueblo”,  es  propiedad de ADNOC (la PDVSA de emiratos),  la comunidad católica no tiene permiso de construir una iglesia en donde reunirse, ya que a pesar de existir libertad de culto no se justifica una iglesia en un campamento del estado que obviamente es musulmán. Aquí los católicos, conformados principalmente por gente de Filipinas y de la India,  tienen una logística organizadísima en donde van cambiando de casa todos los martes para celebrar las misas en lugares diferentes. Yo le digo la logística de las “catacumbas”, porque se basa en no molestar a ningún vecino árabe dos semanas consecutivas y así evitar motivos para que se ponga a averiguar esas reuniones  extrañas en donde un gentío diferente entra a una casita pequeñita y cantan canciones. 

A cada misa van al menos unas 80 personas, incluyendo muchísimos niños, que además asisten a clases de catequesis semanales. De todas las personas que asisten solo 4 somos “occidentales”.  El sacerdote, que también es de India,  tiene que venir desde Abu Dhabi para dar la misa, a las siete y media! Luego va a otro campamento a dar misa a las 8 y media!!! Y luego regresar dos horas y media más hasta su casa!!!!! Los sacerdotes hacen eso todos los días en diferentes pueblos.

En esa casa sencilla, en un altar modesto con una pequeñísima cruz, se realiza el milagro de la Transubstanciación y Jesús se hace presente para que cada uno de nosotros podamos compartir el gran banquete del Pan de la Vida eterna. Allí en ese momento uno simplemente se da cuenta de lo maravilloso que es pertenecer a la iglesia católica.

Eso es la Iglesia, la gran familia que te acoge en cualquier rincón del mundo en donde estés. En este país musulmán, que pudiera parecer un poco hostil, uno se encuentra con una brújula guiadora que te recuerda que en el mundo lo más importante es ganarse el cielo y conocer cada día a Jesús para intentar imitarlo un poco más.  Esa Sra. india que tengo al lado, que en tantos aspectos es tan diferente a mí, en el fondo somos parecidas porque nos une una misma lucha y una misma Fe.

Sin duda aquí no es nada sencillo, que esa misa suceda requiere un esfuerzo de mucha gente, del sacerdote, del que presta su casa, del diacono organizador, de la gente que acude, de todos.

Desde aquí me doy cuenta que uno es muy afortunado de haber crecido en un país católico, pero al tenerlo todo tan “a pata de mingo” que no nos damos cuenta de los inmensísimos beneficios. Ahora me arrepiento de todas las oportunidades perdidas en  que no caminé unos cuantos pasos más para saludar al sagrario del hospital, o ir a alguna de las tantas iglesias a oír alguna misa entre semana, a comulgar. Hoy a dos días de Viernes santo admiro el inmenso sacrificio que hizo Jesús para quedarse cerca de nosotros y  reconozco la dureza de nuestros corazones para entregarnos plenamente a EL. 

En países como Venezuela mucha gente es católica, como una cosa “cultural”, naces y te bautizan (rumba incluida) llegas a tercer grado y primera comunión con todos los amigos del cole (rumba incluida), cuarto ano de bachillerato confirmación con los panas (rumba incluida) te casas por la iglesia (obvio….rumba incluida). Y muchas veces no paramos a darnos cuenta de lo grandioso que es que seamos católicos, claro que tiene que haber RUMBA incluida porque es algo de muchísima alegría, pero no porque sea algo “cultural” sino por el inmenso significado de fondo que tienen todos los pasos que uno decide ir tomando durante el pasar de la vida para estar cara a Dios!

Aquí la gente que va a misa no porque sea algo “cultural”, la gente que va a misa conmigo a esas casitas móviles de las “catacumbas” es porque están convencidos que lo que creen es la VERDAD y que ningún esfuerzo es en vano. Por eso es que el “ambiente”  que allí se siente es simplemente especial.

Ahora entiendo mejor las palabras de San Josemaría Escrivá de Balaguer, que aseguraba que cuando leemos y hacemos nuestra la vida de Jesucristo los que están alrededor se dan cuenta.
 

lunes, 8 de noviembre de 2010

Masificación vs. "Personificación"


En el último artículo que publicamos estuvimos haciendo algunas consideraciones sobre la necesidad de buenos educadores para el progreso de las sociedades.  Hoy, queremos compartir con ustedes más  ideas sobre el fenómeno educativo.
En el año 1993 ingresé al Liceo Los Arcos y empezó mi educación formal. He tenido muchas experiencias interesantes pero a los efectos de estas líneas me interesa decir que a lo largo de estos años he estado en salones de clases con muchos alumnos, y también en salones con pocos a alumnos.
En una de mis clases en auditorios con muchos alumnos, el profesor comenzaba dando un resumen de la clase anterior, excelente recurso, a mi juicio.  Al terminar su resumen, empezaba a interrogar a los estudiantes y de las respuestas iba construyendo la clase. La conversación se hacía agradable, clara y sencilla.  Sin embargo, no era fácil hacer preguntas. Ya sea por vergüenza, por no interrumpir al profesor, porque el profesor dice que no puede atender todas las preguntas porque si no, no termina nunca, etc., la realidad es que en esos grandes auditorios es difícil aclarar las dudas que te surgen. Es una dificultad que compartía con muchos de mis compañeros.
Bajo las mismas circunstancias (salones con muchos alumnos), he notado que a los profesores se les hace más difícil reconocer un error o simplemente contestar que no conocen la respuesta a una pregunta.
En resumen, mi experiencia ha sido que los salones con grandes volúmenes de gente dificultan el aprendizaje. Entonces, me pregunto: más cantidad de personas en el sistema educativo pero menos calidad en la educación, ¿vale la pena?
Yo pienso que el reconocimiento del derecho a la educación como un derecho fundamental de toda persona humana es un gran avance de nuestros tiempos. En mi opinión los esfuerzos por facilitar el acceso a la educación deben continuarse. Conviene que cada vez sean más los niños en las escuelas y jóvenes en las universidades.
Sin embargo, bajo estas circunstancias se hace necesario detener la tendencia a masificar la educación. El objetivo no es educar a mucha gente, la meta es educar bien a mucha gente. El éxito en las políticas públicas educativas no debemos medirlo exclusivamente por el número de alumnos que participan de la educación formal. En verdadero índice de éxito es saber si nuestros niños y jóvenes salen de las instituciones educativas como mejores ciudadanos. Mientras más gente acceda a las escuelas, universidades, etc. se hace más necesario recordar que las sociedades progresan cuando se esfuerzan por educar a la persona y no cuando intentan educar a las masas.  

"Lo único que hace falta para que el mal triunfe, es que los hombres buenos no hagan nada"
Edmund Burke